Lo que es vivir como Médico Sin Fronteras

Franking Frías, un joven integrante de Médicos Sin Fronteras, conoce perfectamente de lo que habla cuando dice que hay comunidades en Chiapas, en el sur de México, que no están lejos de vivir lo que en África: la hambruna.La única diferencia entre los africanos y algunos pueblos de Chiapas, zanja el hombre que ha cumplido misiones en Chile, África y Chiapas, es la escala de volumen en cuanto al número de personas desnutridas.

Franking Frías nació en la ciudad de México, tiene 34 años, egresó de la Universidad Autónoma Metropolitana, y aquí cuenta cómo es que llegó a Médicos Sin Fronteras, qué misiones ha llevado a cabo y el por qué se llama Franking: Fran, por su padre, Francisco, y King, por el apellido de los padrinos de bautizo.

En los últimos siete años ha brindado apoyo humanitario a indígenas de Chiapas, a enfermos con VIH Sida en República del Congo, a heridos del conflicto armado de Costa de Marfil y a los damnificados del terremoto de Chile.

—Allá (en África) son millones, pero aquí tenemos comunidades enteras que se encuentran en esa misma situación (alta pobreza), narra.

Fue en 2004 que Franking sintió el deseo de brindar el servicio social, requisito que deben cumplir los estudiantes de medicina recién concluidos sus estudios, en un pueblo en el que no hubiera ningún médico.

Más adelante, llegó a Médicos Sin Fronteras (MSF), la organización internacional que en la actualidad brinda apoyo a más de 10 mil niños con desnutrición severa en centros y clínicas que se han instalado para atender la crisis de hambruna que se vive en el llamado Cuerno de África, principalmente en el pueblo somalí.

La realidad de Chiapas

—Sabía que si me quedaba en la ciudad de México, bien o mal, habría otros médicos — dice.

Confía que no tuvo mucho que pensar cuando se vinculó a una organización también no gubernamental que por esos tiempos requería un voluntario que brindara servicios en la comunidad indígena de Amador Hernández, zona de influencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en Chiapas.

Amador Hernández es un lugar muy alejado de la capital, la única forma de llegar es en una avioneta desde un municipio ubicado a 20 ó 30 minutos al aire. Allí atendió a los indígenas que sufrían de algún padecimiento, pero luego se trasladó a la comunidad de Oventic, también zona de influencia zapatista, donde brindó consultas médicas por espacio de cinco meses.

No se sentía con ganas de regresar a la ciudad de México; quería continuar ayudando a la gente en esas comunidades. Finalmente lo hizo, casi dos años después: regresó a la casa de su madre. Pero su vocación de servicio lo acercaría a la organización Médicos del Mundo que en ese tiempo buscaba voluntarios que quisieran viajar a Chiapas para brindar ayuda a los damnificados del huracán Stan.

Recién llegó a la zona afectada, Franking, espigado y de piel morena, bigote y barba rala, atendió varias comunidades en la costa de Chiapas y al poco se trasladó a las montañas, donde el medio de transporte común eran los caballos y las mulas. Ocasionalmente se transportaba en helicóptero, cuando algún funcionario de la Comisión Federal de Electricidad visitaba esas zonas y los trasladaba.

Su buen desempeño generó que la organización lo invitara, por espacio de tres años, a sumarse a un nuevo proyecto en materia de salud en algunos pueblos indígenas del mismo estado. Además de estar encargado del programa de tuberculosis, su tarea era la de formar personas que tuvieran la capacidad de identificar y atender los problemas de salud más comunes y sencillos en los pueblos indígenas, como desparasitar a los niños, ubicar los signos de emergencia para solicitar el traslado de algún enfermo grave, curar heridas o bajar la fiebre.

Vocación de servicio

Tras cumplir el ciclo de trabajo en Médicos del Mundo, volvió a la ciudad de México con la pretensión de llevar una vida de médico citadino, pero su vocación de servicio humanitario lo llevó enrolarse en la organización Médicos Sin Fronteras (MSF), quienes al ver la labor que ya había desarrollado en Chiapas no duraron en aceptarlo y enviarlo a su primera misión a un campo de refugiados en Dadaab, Kenia.

Allí, en Kenia, por espacio de siete meses, fue responsable de cuatro puestos de salud, además al personal nacional y a la gente que se formaba para que ayudara en el peso y medición de niños o curaciones sencillas, y lo que más le impactó allí, en el campo de refugiados, fue el sufrimiento de las personas.

— Para llegar ahí, la gente sufre mucho por la cuestión de la violencia, la guerra, la falta de alimento; para llegar, tienen que lidiar con un camino desértico por varios días, no hay agua, son asaltados, vejados, violados y golpeados, para finalmente toparse con un refugio sobrepoblado en el que la ayuda resulta insuficiente. El campo está en medio del desierto y el agua escasea. Una persona sólo tiene acceso a 2 litros de agua al día, pero la tiene que racionar para beber, asearse y cocinar. Se carece de muchas cosas.

Al volver de esa misión, Médicos Sin Fronteras lo envió a Chile donde le tocó atender a muchos de los damnificados del terremoto, donde le llamó la atención la respuesta y organización del pueblo. Pero aún así, se topó con gente que tenía miedo: el sismo dejó más de 500 muertos; hubo otras réplicas y las personas que estaban enfermas de diabetes o hipertensión, empeoraron su salud.

Tras finalizar su misión en Chile, fue enviado a República del Congo, donde vivió muchos momentos desgastantes, no sólo por el agotamiento físico de trabajar hasta 13 ó 14 horas diarias, sino por las emociones que se viven en uno de los pueblos con los índices más altos de VIH Sida y de conflictos internos entre grupos rebeldes. Se enteraba de raptos, de abusos y optó por las conversaciones, lecturas y películas, como terapia para lidiar con las emociones.

—Si tú no estás bien, es difícil prestar ayuda — cuenta a manera de máxima.

Del Congo a Costa de Marfil

Tras su misión en República del Congo, viajó a Costa de Marfil en apoyo de los heridos por el conflicto armado que se dio a finales de 2010, luego de las elecciones internas.

Cuando sus compañeros y él llegaron a la zona de conflicto, se percataron que no habían servicios de salud, que los hospitales no estaban funcionando, que mucha gente había huido de la zona, pero que otros se habían quedado escondidos en sus casas, así que tenían que actuar y encontrar un lugar para brindar el servicio.

Comenzaron a dar consultas en hospitales abandonados. En los primeros días se registraban combates fuera del hospital, mientras Franking y los otros médicos daban consultas. Y cuando cesaban los combates, los rebeldes pasaban de ser combatientes a pacientes del mismo hospital frente al que habían combatido.

El conflicto armado fue controlado a principios de 2011, pero cuando las balas cesaron, comenzó el brote de cólera, y el equipo de Médicos Sin Fronteras pasó de curar heridas de bala a atender las diarreas, los vómitos. Se controlaba un mal y empezaba otro, y con él una nueva misión para Franking, a quien esas experiencias vividas lo llevan a decir que existen comunidades en Chiapas que no están lejos de vivir lo que está pasando en África: Gente que se encuentra en condiciones terribles, niños con mucha desnutrición, con una panza grande llena de parásitos, como los niños de África.

 

 

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