Vidas truncadas

Guerrerense, Fredy llegó a Tijuana buscando mejor calidad de vida. Encontró la muerte. Joven trabajador se desempeñaba como taquero hasta que un comando armado llegó a asesinar a dos de sus clientes  y en el tiroteo se llevaron la vida del inocente. Ya no enviará dinero a sus padres, ni cabalgará el caballo que le compraron en su natal Michoacán.

Fue soldador, zapatero, tornero, excavó zanjas para la CESPT y trabajó en un mercado antes de apasionarse por la fotografía y abrir un negocio para captar imágenes en fiestas y centros de diversión. Trajo a sus padres de Nayarit a Tijuana y ya no podrá alegrarlos. A Omar lo mató un comando en el restaurante de mariscos “El Negro Durazo”, justo cuando ejecutaron a dos comensales del lugar.

Con 17 años de edad, Víctor Alonso ayudaba a su madre en los gastos del hogar. Desde niño proveía cuando le pagaban entre 15 y 20 pesos por limpiar un patio. Luego se iba a los tianguis a descargar mercancía a cambio de unos pesos. Quería ser radio técnico, hasta que las balas de la inseguridad le quitaron la vida.

Como todas las adolescentes de su edad, Chabelita quería un vestido blanco para celebrar sus quince años. Tenía catorce. El 13 de octubre (de 2008) criminales la asesinaron. Acudía a la escuela y a las clases pastorales en su iglesia. Quería ser maestra y enseñar teología en el templo de su colonia. Su madre le cumplió el deseo: La enterró vestida de quinceañera.

Las siguientes son cuatro historias de vida que fueron truncadas por la inseguridad en Tijuana. Muestra de la conformación de la sociedad. Los cuatro emigraron de distintos estados en busca de una vida mejor y más digna, pero encontraron la muerte.

Fueron ejecutados por comandos armados que dirigieron balas a otros objetivos pero que se llevaron inocentes en su mortal paso. Los cuatro, son prueba fehaciente de lo mucho que afecta a la sociedad la guerra de narcotraficantes que hoy acontece y que el gobierno se empeña en centrar únicamente entre bandas rivales.

 “Fredy no era un criminal”

Espigado. Piel morena. De 1.80 metros de estatura -herencia de su abuelo materno-, “sumamente trabajador” y “tranquilo”, así era Fredy Nava Hernández.

Tenía 27 años hasta el ocho de octubre de 2008, cuando perdió la vida ante las balas del crimen organizado.

 Su muerte es un duro golpe para Gobierno del Estado de Baja California, donde sus funcionarios insisten que la “guerra” actual es entre narcotraficantes y nada más.

Guerrerense de nacimiento, murió cuando un comando atacó a dos hombres que comían en una modesta taquería en la que trabajaba todas las noches. Nadie lo defendió. En esos momentos, el narcotráfico traspasó la línea de una guerra territorial para asesinar personas ajenas a sus labores delictivas.

Fredy salió de su estado natal a los 19 años en busca de mejores oportunidades laborales y de una mejor calidad de vida.

“En nuestro pueblo era muy difícil conseguir trabajo y por pobreza se vino a probar suerte a Tijuana”, comentó  la hermana mayor del joven.

No viajó solo. Arribó a la frontera acompañado de un hermano quien al igual que Fredy llegó a la ciudad con una mochila bajo el hombro y miles de ilusiones y sueños para salir adelante.

Sus deseos de prosperar y las ganas de ahorrar un poco de dinero, lo llevaron a emplearse como cocinero de un comedor industrial que a su vez prestaba sus servicios en la empresa Tyco. Tras siete años de labores, el dueño de la empresa decidió “retirarse del negocio”, bajo el argumento de que las “cosas no iban marchando bien”.

Fredy y el resto de sus compañeros fueron despedidos sin recibir un solo peso como indemnización. Ninguna autoridad laboral intervino a favor de los trabajadores. De la noche a la mañana se quedaron sin empleo.

Aun con el despido los ánimos del joven no menguaron, al contrario: a los pocos días consiguió trabajo en una modesta carreta de tacos en El Florido.

“Era una persona adicta al trabajo. Diario salía a las tres de la mañana y se levantaba como a las 11. A esa hora lavaba su parrilla, preparaba la carne, comía, convivía con sus sobrinos, después se bañaba y luego se iba para atender la carreta”.

Además de trabajar, a Fredy le gustaba la música de banda. Los días que descansaba corría en el parque para mantener su cuerpo en forma.

“Muy rara vez salía al cine o alguna fiesta. Era muy reservado. Prefería quedarse en la casa para estar con nosotros (hermanos) y sus sobrinos”.

El joven disfrutaba los programas de National Geographic. “Le gustaban mucho los animales, pero sobre todo los toros”.

Era muy dado a recomendar ese canal a sus sobrinos. “Decía que iban a aprender mucho de los animales si veían este tipo de programas”.

Aparte de ser un buen hermano y el principal consejero de la familia, el muchacho se preocupaba por sus padres: “No se compraba ropa con tal de enviarles dinero”.

Incluso, estaba muy contento porque iba a regresar a Guerrero para reencontrarse con ellos. Cuenta la hermana que su papá con el dinero que ahorraba, le había comprado un caballo al muchacho.

“Estaba feliz porque su hijo iba a regresar al rancho, pero lamentablemente ya no lo volvieron a ver”.

Las balas del crimen organizado en Tijuana acabaron con su vida el 8 de octubre, cuando un comando asesinó a dos comensales en la taquería en la que Fredy trabajaba.

Omar, “Puro pa’ delante”

“Amiguero”, “querendón”, “líder nato”, “emprendedor”, “positivo” y una persona “sumamente preocupada por la inseguridad que se vive en Tijuana”, es como familiares y amigos recuerdan a Miguel Omar Ríos Zavala, fotógrafo de profesión, quien el domingo 12 de octubre de 2008 fue asesinado en el restaurante de mariscos “Negro Durazo”.

Originario de Santiago Ixcuintla, Nayarit, Omar como le llamaban, fue un joven “muy inquieto”, por lo que a los 13 años decidió probar suerte y aventurarse con sus propios recursos a la ciudad de Tepic.

“Se fue en busca de trabajo”, recordó la madre del joven.

Después de varios meses de radicar en la capital política de su estado, el aún adolescente emigró a León, Guanajuato, donde laboró como zapatero y dos años más tarde se fue a vivir a Guadalajara, Jalisco, donde trabajó como tornero y soldador.

En octubre de 1996 decidió viajar a Baja California para probar suerte por cuarta vez en menos de seis años. Apoyado por unos tíos que ya radicaban en Tijuana, trabajó en la Comisión Estatal de Servicio Público de Tijuana (CESPT) “cavando zanjas”.

“El trabajo no le gustó porque consideraba que era muy pesado, pero a los pocos días consiguió empleo en la Central de Abastos”, recordó Cristian, hermano menor de Miguel Omar.

Para ahorrar dinero vivía en una de las bodegas de la Central de Abastos. A los pocos meses consiguió empleo en el departamento de frutas de verduras de un supermercado.

Su visión emprendedora lo impulsó a solicitar un préstamo para asociarse con un amigo en un negocio de llantas y extinguidores, donde se encargaba de administrar los recursos de la modesta empresa.

Por esas mismas fechas conoció a una muchacha de Tijuana con la que finalmente se casó y procreó a dos niños: Corán y Miguel Ángel, de 9 y 5 años de edad.

Mientras laboraba en la llantera, conoció a una fotógrafa de sociales de El Periódico “El Mexicano”, quien lo invitó a trabajar como su asistente en eventos particulares.

Poco a poco Omar se comenzó a apasionar por la fotografía y luego de prestar sus servicios por tres años como asistente, se comunicó telefónicamente con su hermano Cristian -quien aún radicada en Nayarit-, para pedirle que se viniera a vivir a Tijuana e iniciar un negocio de fotografía. Sin pensarlo dos veces su hermano aceptó.

“Trabajamos en todo tipo de eventos. Pero fue hasta que comenzamos a trabajar en Mundo Divertido en fiestas infantiles que comenzamos a tener más trabajo”.

Como el negocio empezó a redituar, el joven tomó la decisión de traerse a sus padres a radicar a Tijuana. A Omar lo recuerdan como una “persona original” que trataba a todos por igual, “sin hipocresías”… “era muy directo con la gente”.

Señalan además que era sumamente positivo y que no le gustaba ver a los integrantes de su familia tristes. “Cuando esto sucedía siempre trataba de arrancarte una sonrisa”.

A todos les decía pariente y su frase preferida era: “Puro pa’ adelante”.

Sus padres lo recuerdan como un buen hijo. Siempre trataba de unir a la familia. Era el que los ayudaba. Recientemente, con el apoyo de su hermano, aportaron dinero para que su mamá pusiera un negocio de comida.

“En ocasiones iba al restaurante para echarme porras y motivarme a trabajar. A veces se ponía el mandil y se ponía a cocinar conmigo. Era el ángel de la familia”, sostuvo la afligida madre.

Sus hijos lo veían como un buen padre. “Proveedor”, “consentidor”. Señalan que en varias ocasiones lo llegaron a ver “trepado” en las pequeñas bicicletas de los niños. Sus amigos aseguran que era sumamente “juguetón”. “Bromista y carrilludo”.

“Andar con él era garantía de que ibas a estar riéndote todo el día”.

Era un “niño grande” que le gustaba bailar, cantar, que enseñó a cada miembro de su familia a querer Tijuana.

“Él siempre decía que Tijuana era fea, pero que era muy noble. Que te daba todo lo que querías”, recuerda su hermano.

En varias pláticas con familiares y amigos mostró su preocupación por lo que estaba pasando en la ciudad. “Decía que le daba tristeza lo que estaba ocurriendo. Que tenía que hacer algo para que esto cambiara y si dar la vida fue su forma de hacer algo, ojalá que esto cambie”.

Víctor Alfonso, un poema a la vida

“Muchas muchachitas lo buscaban para estar noviando con él, pero  no les hacía caso. Era un joven muy limpio, inocente, juguetón, risueño”, así recuerda su madre a Víctor Alfonso Corona Morales, quien el lunes 13 de octubre fue asesinado frente a su casa en la colonia 3 de Octubre.

Nacido en La Piedad, Michoacán, pero registrado en Tijuana, se lo trajeron a los seis meses de nacido. La familia de Víctor Alfonso emigró en busca de un empleo estable y de una vivienda digna.

A sus 17 años de edad, Víctor Alfonso era un joven soñador que deseaba seguir estudiando la preparatoria y terminar la carrera de radio técnico o Ingeniero en sistemas computacionales.

Cuentan quienes lo conocieron que le gustaba reparar artículos eléctricos y todo tipo de aparatos. “Cuando le regalaban un radio, una plancha o cualquier cosa que no servía, los desarmaba y los arreglaba con cierta facilidad. Se podía pasar horas haciendo eso”.

Aun con su 1.80 metros de estatura, que le hacían aparentar un adulto mayor de 20, el joven era muy apegado a su madre, a quien ayudada en las labores domesticas y de limpieza.

“Era muy detallista. En una ocasión me abrazó y me dijo: Jefecita recuerde que la quiero mucho y nunca la voy a dejar”.

Cuenta la señora que recientemente Víctor Alfonso le había comentado que iba a juntar un poco de dinero para regarle un carro. “Desde niño fue muy inquieto. Era diferente a sus hermanos. Siempre tuvo algo especial y único. Hacía muchas cosas que me sorprendían”.

La señora recuerda que en una ocasión cuando el muchacho iba a cumplir un año, éste trató de venderle un gato a un peso.

“Desde pequeño comenzó a buscar trabajo. Cuando estaba chiquito le ayudaba a limpiar a una vecina el patio de su casa. Me acuerdo que le pagaba entre 15 y 20 pesos y me los daba para apoyarme en los gastos de la casa.”

Ya más grandecito, se iba a los tianguis para ayudar a cargar y descargar. Siempre estaba buscando algo que hacer.

Además de arreglar artículos electrodomésticos, el espigado joven dibujaba y escribía poesía. En su último poema, incluso, el que titulo “¿Qué es la vida?”, el muchacho escribió sobre los desafíos y deberes de la vida.

Aquí el poema:

“La vida es una oportunidad, aprovéchala”.

“La vida es una hermosura, admírala.

“La vida es felicidad, saboréala.

“La vida es un sueño, realízalo.

“La vida es un desafío, acéptalo.

“La vida es un deber, cúmplelo.

“La vida es un juego, gánalo.

“La vida es un tesoro, cuídalo.

“La vida es una riqueza, aprovéchala.

“La vida es un amor, disfrútalo.

“La vida es un misterio, descúbrelo.

“La vida es una promesa, cúmplela.

“La vida es una tristeza, supérala”.

Y la vida le fue arrebatada por integrantes del crimen organizado que lo asesinaron, cuando según las investigaciones, acudieron a su terruño a ejecutar a un vendedor de droga.

Isabel, ilusionada por sus 15 años

Como cualquier adolescente de 14 años, Isabel Morales, “Chabelita”, estaba ilusionada por tener una fiesta de 15 años. Menudita, chaparrita, ojos tapatíos, piel morena clara, así era en vida esta jovencita que el lunes 13 de octubre fue asesinada cuando se encontraba acompañada de su primo Víctor Alfonso -el joven poeta-.

 La niña era originaria de La Piedad, Michoacán. “A ella se la trajeron muy pequeña a Tijuana. Su mamá (Teresa) tuvo que dejar el pueblo para buscar un mejor trabajo porque en Michoacán estaba muy fea la cosa”, recordó la Tía de la menor.

Chabelita era una niña muy bonita y alegre. Todo el día se la pasaba sonriendo. Su sueño era ser maestra de niños e impartir la clase de teología en el templo cristiano adonde acudía con su mamá.

Cuando iba a la iglesia, “Chabelita” siempre prestaba atención a las clases que impartía el pastor. “A pesar de que varios muchachitos se distraían, ella estaba muy atenta, incluso cuando daban un receso siempre llegaba a la hora porque le interesaba aprender y no perderse nada”.

Además de ir a la iglesia, le gustaban las canciones de reggaetón. Se la podía pasar horas escuchando este tipo de música junto a su primo Víctor. “Ellos dos siempre andaban juntos”.

Otra de las actividades preferidas de la adolescente era jugar béisbol con sus amigos y primos. En ocasiones salían a la calle a cachar y jugar con la pelota. Aun cuando era una niña muy activa, la mayoría de las veces estaba en su casa acompañando a su mamá, quien estaba ahorrando para comprarle su vestido de quince años.

“Estaba muy ilusionada con sus 15 años. En varias ocasiones nos dijo que quería un vestido blanco. Que le gustaría invitar a todos sus amigos. Sólo espero que en el cielo le hagan su fiesta y que sonría como ella lo sabía hacer”.

Su madre cumplió el deseo de Isabel. Su cuerpo fue enterrado y arropado con un vestido de quince años que alguien les regaló.

Al igual que otros inocentes que han caído ante las balas del narcotráfico en esta cruenta guerra entre dos cárteles de la droga, Isabel vio truncada su vida, mientras en el Gobierno del Estado de José Guadalupe Osuna Millán, y en la Presidencia de Felipe Calderón Hinojosa, insisten en que van ganando la “guerra” contra el crimen organizado.

 Para ver el texto publicado en el Semanario Zeta dar click aquí

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